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Dejémoslo en paz de una puta vez. No me interesa acusarlo ni exculparlo de nada. No es mi tarea. La vida de él es eso: la vida de él. Como la de cualquier otro. Sin hacerte daño a vos ni a mí. Solo a él mismo. No parece ser modelo para la sociedad, pero él tampoco se propone serlo. Somos nosotros los que queremos que cumpla ese rol . Y justamente él no lo es. Así de simple. Pero en todo caso; ¿Quién de nosotros lo sería? ¿Vos? Yo no.

Cuando pongamos en perspectiva y miremos la vida de Maradona desde un poco más lejos, todos estos episodios resultaran minúsculos. Su vida quedará en el recuerdo desde otros lugares más épicos y gloriosos, aquellos que tienen que ver con la pelota, donde él habló como nadie. Lo que pueda decir o hacer fuera de una cancha es solo preocupación de los mediocres, que tienen una pobre vida interior y que por eso necesitan vivir la de los demás.

Y en los momentos de recaídas, de internaciones, o siempre que Diego tiene algún acto desacertado, el deporte nacional es opinar de él, y si es con ligereza, sin memoria y con ignorancia vale igual; y ante la pregunta de amigos o allegados, a veces uno se ve obligado a tener una opinión, una respuesta. Justo a mí que mi corazón ya lo declaró inimputable en estas causas. Y como no tengo la facilidad de palabra para resumir y transmitir lo que pienso en ese instante, el silencio me gana. Pero en auxilio viene a mi mente un cuento de Eduardo Saccheri, titulado “Me van a tener que disculpar”, y al que me atrevo a pedirle prestado solo algunas palabras, que hablen por mí…

"Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota.

Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.

No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre los argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.

Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna sandez al estilo de "Y, no sé, habría que pensarlo"; o tal vez arriesgo un "vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta". Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones para ellos.

Como les decía, yo le debo. Le debo aquellos dos goles a Inglaterra. Le debo La “mano de Dios”. Pero que era poco. Porque faltaba el otro. Porque faltaba humillarlos por las buenas. Para que no se olviden nunca. Para entrar en la historia como los once ingleses despatarrados e incrédulos. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Y le debo aquellas madrugadas del juvenil 79 antes de ir al cole, o la Copa del 86, y le debo ese destello para la eliminación de Brasil en el 90, o eliminar a Italia en el San Paolo, y porque, como no había fútbol, sobraron huevos.

Y le debo otras cosas que no recuerda la estad{istica, como el viajar horas y horas, varias idas y vueltas en una semana, por la obligación moral de jugar un amistoso con la celeste y blanca. Y llorar como un chico frente al mundo por perder una final. Y jugar sin una uña si es necesario. Y jugar con el tobillo hinchado como una pelota, infiltrado y muerto de dolor. Y por generar una mística que hoy se perdió, donde la prioridad era la camiseta albiceleste, esa que vistió, defendió y por la que dejó la vida como ningún otro jugador antes ni después de él supo hacerlo. Eso mientras pudo, y cuando no pudo más, se convirtió en un hincha más, dejando la garganta en la tribuna, y no la sonrisa diplomática en el palco.

Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. El único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque, ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de aquel presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.


 
 
       
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